Llegan como anfitriones con una deuda pendiente — el país que inventó el espectáculo nunca ha sabido del todo cómo jugar al fútbol. Pulisic carga la bandera como si fuera un albatros hermoso: figura de Europa, profeta sin templo propio hasta este verano. Pochettino les trajo por primera vez en la historia un entrenador que ha dirigido en las grandes ligas del mundo, alguien que sabe lo que es exigirle alma a un vestuario. Esta generación creció en academias europeas, habla español en la cancha, vive en la Premier y en la Bundesliga — pero aquí, en su propia tierra, todavía tiene algo que demostrar. No son favoritos. Son una pregunta enorme frente a noventa mil espectadores que ya los quieren pero aún no saben si creerles.