Uruguay llega al Mundial como llega el río a la mar: sin prisa, pero sin pausa, cargando todo lo que encontró en el camino. Bielsa los peina contra la corriente — les exige pensar el fútbol antes de jugarlo, y eso en un país que aprendió a ganar con las uñas antes que con el pizarrón. Los fantasmas del Maracaná y de Uruguay siguen rondando, pero esta generación — Valverde, Núñez, Pellistri — no carga el peso como losa sino como combustible. Son hijos de una nación que siempre jugó más grande de lo que era. Con Bielsa en el banquillo, hasta el orden tiene algo de locura romántica.