Senegal llega al Mundial como quien lleva años esperando que la puerta se abra de verdad. En 2002 tocaron el techo con los nudillos y el techo no cedió. Desde entonces cargan esa deuda como una promesa pendiente — no de los demás, sino de ellos mismos. Pape Thiaw los mueve con la convicción del que cree antes de ver. Mané ya no es el filo que era, pero sigue siendo el nombre que la afición pronuncia con fe, casi como rezo. Koulibaly planta la defensa como quien pone una piedra en el camino y dice: por aquí no pasan. Son campeones de África, sí — pero el mundo aún no los ha visto llegar al fondo. El Grupo I es el primer capítulo de una historia que todavía no sabe su propio desenlace.