Catar llegó al mundo como anfitrión y el mundo no la trató bien — ni ella se trató bien. Tres partidos, cero goles, todo vacío. Pero los desiertos saben guardar agua donde nadie la ve. Dos Copas Asia después, la misma selección que se cayó en casa regresa al escenario grande con Bartolomé Márquez marcando el paso y Almoez Ali con el instinto intacto de quien siempre encuentra el arco. No vienen a redimirse con discursos; vienen callados, ordenados, curtidos. El desierto no pide perdón. Florece.