Portugal llega al Mundial como quien carga una antorcha que se niega a apagar. Cristiano Ronaldo camina entre dos mundos: el del ídolo que pide un último adiós digno y el del estorbo que todavía mete goles cuando nadie lo espera. Roberto Martínez los ha cosido con hilo romántico — un técnico que cree en la épica aunque el marcador diga otra cosa. La generación joven tiene nombre y hambre: Bernardo Silva con la pelota pegada al pie como si fuera suya desde siempre, Bruno Fernandes incendiando el mediocampo, João Félix buscando redimirse de promesas rotas. Portugal no viene a sobrevivir. Viene a resolver la pregunta que llevan años evitando: ¿qué son sin la sombra del número siete?