México llega al Mundial como quien vuelve a una casa que nunca dejó de dolerle. El Azteca no es solo cancha — es la memoria viva de todas las despedidas en octavos, el peso que ningún otro país carga igual al arrancar un torneo. Javier Aguirre, el Vasco que ya vistió esta camiseta como jugador y como técnico, la recibe otra vez como si supiera que hay deudas que solo se saldan en casa. A su lado, Rafa Márquez — dios laico del futbol mexicano — guía una generación que no vio el quinto partido pero escuchó el cuento desde chicos. Son chavos de veintitantos que juegan sin el miedo heredado, o al menos eso quieren creer. Esta selección no es la más talentosa de su historia, pero es quizás la más consciente de lo que significa portar el verde en suelo propio: que el estadio lleno no es privilegio sino juicio, y que en México el amor y la exigencia siempre llegan juntos.