Marruecos ya sabe lo que se siente llegar donde nadie del continente había llegado. Eso cambia a un equipo para siempre: ya no juegan con el hambre del recién llegado, juegan con la memoria de haber tocado la cima y quererse quedar. Regragui los tiene convencidos de que el muro no es cobardía — es arquitectura. Hakimi vuela por la banda como si la cancha le quedara chica al mundo. Y Ziyech, con esa zurda caprichosa, recuerda que el fútbol también es arte hecho de rabia. En el 2026 llegan sin disculpas, sin sorpresa reservada: llegan como lo que ya son, la pesadilla que África le regaló al mapa del fútbol mundial.