Una vez ya tocaron el cielo con la punta de los dedos. Fue en Qatar, un mediodía que nadie olvidará: Arabia Saudita le dobló la muñeca al campeón del mundo y lo mandó a pensar. Ese gol de Al-Dawsari todavía rebota en las paredes del desierto. Ahora llegan al sexto Mundial de su historia con Hervé Renard en la orilla, ese francés que sabe hablar a los equipos que nadie ve venir, que les susurra que sí pueden antes de que ellos mismos lo crean. No son favoritos. Nunca lo han sido. Y precisamente por eso la arena se mueve diferente bajo sus pies: liviana, suelta, sin el peso de la obligación. En el Grupo H van a jugar sin miedo, porque el miedo ya lo dejaron en Lusail el día que le ganaron a Messi.