Corea del Sur llega a este Mundial como quien vuelve al lugar donde una vez tocó el cielo y no lo ha olvidado. Aquel 2002 en casa no fue casualidad — fue una nación entera empujando desde las tribunas. Ahora Hong Myung-bo regresa al banquillo: el mismo que jugó aquella épica, hoy parado en la raya como testigo y arquitecto. Son Heung-min carga el número y la historia, capitán de una generación que ya venció a Alemania cuando nadie apostaba un peso. No son los más vistosos, pero saben aguantar y saben golpear. Pragmáticos como su técnico, letales cuando el rival parpadea.