Japón ya no entra al mundo con paso humilde. En Catar aprendió algo que no se enseña en ningún libro de táctica: que los gigantes también tienen miedo. Le ganó a Alemania y a España sin pedir permiso, y esa memoria vive en sus piernas como una deuda cobrada. Moriyasu los moldea como quien afila una hoja fina — paciencia, ángulo exacto, sin un movimiento de más. Mitoma escapa por la banda como agua entre piedras. Kubo carga el balón con esa mezcla rara de intuición y disciplina que no sabe de fronteras. Son un reloj que también sabe improvisar. Llegan al 2026 sin el disfraz de la sorpresa, y eso, para un equipo así, es el verdadero examen.