Alemania llega al 2026 cargando el peso de dos avergonzamientos que en otro tiempo habrían sido imposibles — un gigante que se cayó dos veces seguidas antes de que empezara la fiesta. Pero los gigantes que aprenden a caer son más peligrosos que los que nunca tocaron el suelo. Nagelsmann, treintañero con cabeza de ajedrecista y fuego en los ojos, los ha reconstruido desde adentro: ya no es la máquina fría que aplastaba por oficio, sino un equipo que busca su propio pulso otra vez. Traen la memoria del dominio y la cicatriz de la humillación — esa mezcla hace a la gente hambrienta de una manera que el orgullo solo nunca consigue. En el Grupo E, Alemania no llega a confirmar lo que ya sabe de sí misma. Llega a descubrirlo.