España llega como quien ya sabe lo que es ganar y todavía tiene hambre. No la hambre desesperada del que nunca probó — sino esa otra, más peligrosa, la del que recuerda el sabor y lo quiere otra vez. Luis de la Fuente les enseñó a correr sin olvidarse de pensar, a ser furia con cabeza. Y los muchachos respondieron: Lamine Yamal con sus diecisiete años de desfachatez, Pedri con el toque quieto de quien no necesita gritar para mandar. Cargan la Eurocopa como escudo, no como peso. El fantasma que arrastran no es una derrota — es la expectativa, ese monstruo que devora a los favoritos. Pero esta España juega como si el partido siempre fuera en su barrio.