Ecuador no llegó al Mundial a pedir permiso. Llegó como quien ya conoce el camino — cuarto Mundial seguido, los pies acostumbrados al barro y a la altura donde el aire escasea y los forasteros se marean. Desde Quito, donde el fútbol se juega más cerca de las nubes que del mar, salió una generación que no tuvo que esperar su turno: lo tomó. Moisés Caicedo manda en el mediocampo con autoridad de veterano a sus veintitrés. Kendry Páez, el niño del Chelsea, juega como si el mundo le debiera algo. Beccacece los armó con orden y colmillo. La Tri no viene a sobrevivir la fase de grupos — viene a demostrar que la montaña también baja al llano.