Vuelven los checos al mundial como quien desentierra algo que enterró sin querer — no el trofeo, sino la certeza de que alguna vez estuvieron muy cerca. La sombra de Checoslovaquia es larga: dos finales perdidas, 1934 y 1962, un fantasma de plata que no pesa como derrota sino como orgullo mal guardado. Ivan Hašek los trae ordenados, sin florituras, con la disciplina de quien conoce sus límites y los respeta. Y al frente, Patrik Schick: un nueve de área chica, de los que definen sin alboroto, de los que aparecen cuando nadie los está mirando. República Checa no promete fuego, promete rigor. Un equipo que no enamora en el papel pero que en el campo te hace dudar si subestimarlo fue error.