Croacia llega al 2026 como llegan los que ya probaron la cima y saben exactamente cuánto pesa el descenso. No es equipo de promesas — es equipo de memoria. Luka Modrić camina hacia la cancha con cuarenta años en las piernas y toda una nación chica, volcada al mar Adriático, montada en sus espaldas. Dalić no inventa: organiza, confía, deja que el alma mande. Y el alma sigue siendo él, ese hombre que nunca corre de más pero siempre llega a tiempo. País de apenas cuatro millones que insiste en aparecer donde no lo esperan. En el 2018 llegaron a la final llorando de pie. En el 2022 siguieron ahí, terceros, dignos, sin escándalo. Ahora regresan sin la urgencia del hambre, pero con algo más peligroso: saben cómo se gana y no han olvidado cómo duele perder.