Los Elefantes llegan pisando fuerte, con la corona africana todavía caliente en las manos. Emerse Faé les enseñó algo que el fútbol a veces olvida: que creer primero es condición para ganar después. Haller regresó del abismo —médico, quirúrgico, íntimo— y metió goles como quien planta una bandera en tierra que antes fue tuya. Kessié parte cada balón con la seriedad de quien sabe que el mundo mira. Zaha desequilibra como relámpago en tarde de sequía. La sombra de Drogba ya no pesa: los nuevos la convirtieron en raíz.