Bosnia y Herzegovina llega al Mundial como quien regresa a un lugar que sólo visitó en sueños. Doce años después de Brasil, Sergej Barbarez conduce a una selección que todavía aprende a reconocerse en el espejo — nación joven, futbol joven, cicatrices que no se nombran pero se cargan en los pies. Džeko sigue ahí, terco y luminoso como una llama que nadie ha podido apagar. Pjanić toca el balón con la cadencia de quien ya lo ha visto todo y aún así vuelve. El Grupo B los espera y ellos llegan sin el peso de una historia larga: sólo el hambre de escribirla.