Los Socceroos llegan como llegan siempre: sin avisar demasiado. Seis Mundiales seguidos y la misma cara de pocos amigos, la misma voluntad de piedra pómez que raspa aunque no corte. Tony Popovic los trajo ordenados, sin adornos, con la honestidad del hombre que sabe lo que tiene y no pide prestado. Mathew Ryan cuida el arco como quien cuida una promesa vieja. Mitch Duke corre hacia adelante con la terquedad de quien nunca aprendió a rendirse. En Catar los paró Messi, que para eso sirve Messi, pero Australia llegó hasta ahí con sus propias piernas. Son un equipo que no te enamora en el primer tiempo pero que a los ochenta minutos todavía está ahí, respirando fuerte, mirándote a los ojos. Evergreen, dicen. Siempre verdes. La hierba que crece entre el cemento.